lunes, agosto 23, 2004

Eyes and the city...

Un día de semana como cualquiera. Una hora entre las siete treinta y las veinte quince. Una calle peatonal articulada cada cien metros que fluye inmutable con cientos de personas yendo y viniendo de sus vidas reales. En ese preciso instante, sin que nadie lo note, dos personas de sexo opuesto cruzan respectivamente una de las calles a uno y otro lado de la cuadra. Ella a los tres años había imaginado un ciudad de arena en la plaza que quedaba a tres cuadras de su casa. Él a los cuatro no la supo ver y la destruyó pensando que era parte del juego. Ella lloró y él confundido la abrazó en su torpeza infantil, quizás demasiado fuerte y ahogándola cuando le apretó la nariz contra su pecho. La madre de ella la levantó y la consintió con mimos y promesas de ayudarla a reconstruir su obra. La madre de él miraba la situación sonriendo con la expresión de quien cree revivir una época que realmente no recuerda. La niña finalmente se marchó de la plaza y nunca más volvieron a verse.
Cuando sólo cincuenta metros los separaban, ella, siguiendo distraídamente con la vista a un ave que finalizó su trayecto en el nido encastrado entre los relieves de una antigua fachada, vislumbró la majestuosa cúpula del edificio que llevaba tantos años ahí y nunca había notado. Sorprendida por la belleza que nunca había llamado su atención y ese día la inspiró sobre las maravillas del arte arquitectónico, no se dio cuenta de que a partir de ahí comenzó a caminar con la mirada fija en las tejas de pizarra a paso de zombie con la boca abierta.
Él estudiaba los balcones de hierro forjado y su armonía con el cableado eléctrico que atravesaba longitudinalmente la peatonal como si se tratara del riel que guiaba a las personas por donde debían circular. Su cuello no lo soportó más y con una mueca de dolor bajó la mirada al suelo donde encontró un nuevo patrón: cada dos pasos pisaba una baldosa negra. Blanco, blanco, negro. Blanco, blanco, negro. Blanco, blanco, negro... Tres tiempos, como el ritmo del vals. ¿Lo habría pensado Strauss en los bailes sobre esas suertes de tablero de ajedrez?
El normal de la gente dirige su mirada, en el caminar solitario y imperturbable de la rutina, desde una altura que va de los cuarenta centímetros sobre el nivel del suelo a la línea del horizonte. En ninguno de los casos se mira realmente un punto específico, pero la vista perisférica les permite evitar en encuentro de obstáculos, incluso a la gente que no mira el camino en absoluto. Quiso el destino o las fuerzas del mundo que estas dos personas caminaran sobre una misma línea imaginaria, y que no percibiéndose en absoluto, durante los tres nanosegundos anteriores a la colisión, sus miradas se encontraron en estrecha ?estrechísima? armonía.
Ella bajó inmediatamente la vista. Él miró hacia el cielo ahogando la sorpresa. Se rieron y se pidieron disculpas excusando su propia estupidez. Apartándose inmediatamente con un cortés saludo, siguieron su camino con las mejillas algo encendidas por la pequeña emoción de la que fueron partícipes. Cuando cruzaron la calle alejándose de la cuadra en cuestión, sus ojos volvieron a trabarse a la altura del horizonte y ya no volvieron a percibir el mundo.

No hay comentarios: